Nadie te dice la verdad sobre ser madre

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Cuando decides ser madre es normal escuchar el “nunca más volverás a dormir igual”, el “ya no vas a poder hacer nada”, el “pero si estás tan bien, ¿para qué embarazarte?”, fórmulas que forman parte del catálogo de discursos de advertencia. En contraste, recientemente está en redes sociales el tema de la legítima queja de las madres, esa escritora que en entrevista se la pasó diciendo que sus hijxs los quiere pero que qué espanto, que no puede hacer nada de adulta, que cómo es posible que su calidad de vida haya descendido tanto, etc., etc., queja y berrinche. He leído sobre el derecho a decir que tus hijxs son lo peor que te ha pasado en el mundo, el derecho a eso… En esta línea de queja y de beligerancia contra los hijxs y la maternidad hay una serie de implícitos que me dan vuelta la cabeza. Esta mujeres dicen que fueron engañadas por el heteropatriarcado, discurso y sistema que les contó un cuento y que las forzó a seguirlo; que estamos tan sometidas por ese discurso y sus micropoderes que simplemente nadie te dice “la verdad sobre la maternidad”.
Esto implica que no hay una tradición femenina sobre la maternidad, que nuestras propias madres y las abuelas no nos heredaron un discurso de subversión o de crítica, y esto es falso. Uno de los relatos que no se confiesan en estas quejas es el incumplimiento del relato de ser niña-enamorada que promete el amor romántico. Estas mujeres dicen que nadie les dijo lo difícil que era, que nadie les contó, que si hubieran sabido, depositan en lxs otrxs su vida, su poder sobre ellas porque ellas no tienen poder… ¿En serio?¿Qué era ser madre antes de que fueran madres? Esas frases de mis amigas y de conocidxs cuando decidí mi embarazo son parte de la larga tradición de cuestionar las decisiones de las mujeres por un lado, y por otro, la evidencia de que existe este discurso crítico desde siempre, un discurso de advertencia.
Las madres quejumbrosas que se asumen engañadas por el “cuento” de la maternidad como un estado de realización ipso facto desde la óptica heteropatriarcal, no vuelven sus pasos sobre sí mismas, no nos dicen cuál era su versión del cuento y qué fundamentos tenía. Son mujeres que parecen desconocerse, y que la maternidad evidencia las otras dimensiones de ser persona con útero. El discurso hegemónico funciona desarticulando los conocimientos que sobre sí mismas pudieran tener las mujeres, éstas hemos de conocernos sólo a través de los discursos y dispositivos sociales que establece dicha hegemonía. De manera que, estas madres no parecen saber qué querían antes de ser madres y mucho menos para qué serlo. Dicen que están cansadas, que la sociedad las critica, que nadie las ayuda, que… como si la solución fuera hacer funcionar la estructura original del “cuento”, algo así como a mí me prometieron que viviría feliz con mi pareja siempre y ahora me cumplen (y recordemos que el cuento de la familia Kodak es un cuentecito capitalista).
A estas maternidades frustrantes responde de manera creativa y crítica el planteamiento de Maternidades subversivas de María Llopis, y esas diversas escuelas críticas dentro las maternidades feministas que pasan de la queja al conocer y empoderarse. Pero para eso hay que dejar ese cuento de la familia, la pareja que mágicamente va a involucrarse en la crianza (porque a ellos también les contaron un cuento). Hay que dejar de ver la crianza como una pérdida de tiempo, como falta de productividad y plantearse de fondo lo que se juega y lo que se construye en la crianza cuando las mujeres la conocen en términos biológicos, fisiológicos, psicológico-espirituales y sobre todo fuera de la óptica heteropatriarcal. Sí, está chido que las mujeres de maternidades frustrantes lo puedan decir a voz en cuello, la cuestión es que el desahogo no quiere cambiar estructuras (familia, pareja, proveeduría, ocio, trabajo remunerado y no remunerado), pero sí pone en el centro de atención a esas mujeres como víctimas de un sistema que no hizo bien su trabajo, que no pudo cumplir su sueño de niña-enamorada. Esas víctimas no esgrimen imaginación crítica, sino narcisimo acrítico: sus enemigos son sus crías, no el capitalismo depredador.
En estas entrevistas tan “polémicas”, estas mujeres no tienen una agenda social para mejorar sus vidas, como la tuvieron las feministas respecto de los derechos de maternaje, su propuesta es me quejo, vocifero. La maternidad no es el enemigo (ni las madres), atacarla es ponerse del lado de la opresión despiadada que sobre ella y los cuerpos involucrados ejerce el heteropatriarcado. Querer ser madre desde los mandatos de éste es renunciar a nuestro derecho de construir nuestros propios sentidos en torno a la maternidad, una verdadera fuerza en la Historia.

Privilegios de adultxs

Excención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia
Cuando una pareja de adultos hace toda la vida juntos (van al super, comen, duermen, se van de viaje, se mantienen en contacto a cada instante por medio de mensajitos, o laiqueando el muro de FB del otro, están en todas las fiestas juntitos, viven juntos y hasta tienen sexo consesuadamente, muéganos pues, etc., etc.) la sociedad circundante aprueba con beneplácito y envidia ya sea públicamente o en privado. Son una pareja ejemplar, son un modelo de amistad o de afecto. Esa misma proximidad, ese encimamiento de cuerpos y de vidas se considera pernicioso entre madre e hijx o entre padre e hijx, sobre todo cuando lxs infantes han de ser cargados. Que un bebé desee permanecer en brazos de alguno de sus padres es un insulto al credo capitalista de la individualidad y de la independencia (ambos simulacros sociales que nos domestican). Y es aún peor cuando es la madre o el padre quienes prefieren permanecer con el bebé, entonces lxs guardianes de esa misma individualidad insisten en que ese adultx ha perdido su identidad, su independencia… ¿cómo puede preferir a un ser que no habla, y que es demandante?, ¿cómo lx prefieres a MÍ?
Carlos González renombrado pediatra y promotor de la crianza respetuosa, y Jean Liedloff con su trabajo sobre la crianza de sociedades tribales, muchos otros estudios y  las evidencias sobre el apego en la crianza (además del sentido común) dejan claro que entre la cría y su madre y su padre puede suceder un enamoramiento (y ¡qué mejor que suceda!). Cuando no sucede, y esos padres y madres dejan insensiblemente llorar a un niñx indiferentemente, entonces los adultxs también se inconforman, no ayudan al menor, eso no, nomás le lanzan más violencia.
Sabemos lo que es estar enamorado, lo bien que se siente, cómo todo el mundo se mira distinto cuando nos arrojamos a ese cúmulo de sentimientos…, y ese enamoramiento nuestro se manifiesta con una ansiedad por la piel del otro, por su rostro, voz, besos, presencia… Parece que el mundo adulto quiere en exclusiva el amplio mundo de las emociones y relaciones, y es tal censura su manifestación más clara: “lo vas a chiquear , “está muy apegado a ti”, “lo vas a hacer malcriado”, “luego no va a saber convivir con nadie más”. En los últimos años, no sólo las neurociencias y la biología y química del cerebro han arrojado luz acerca de cómo creamos lazos durante la tempranísima infancia, las madres y padres comprometidos comprenden mejor lo que sienten y necesitan, lo que sus críxs también sienten y cómo hacer una relación distinta de la que tuvieron con sus propios padres y madres. Y frente a esto (como frente a todo discurso que se oponga al statu quo) se alarman estas buenas conciencias, ¿será que se ven afectadxs (en el sentido de pertubados en su condición de ser por esos afectos)?
Estas frases vienen de todas esas conciencias progres que proclaman a voz en cuello los derechos homosexuales y de la comunidad LGTB, y en contra del maltrato de los canes, felinos, roedores y todo el reino animal, pero cuando se trata de infantes, de maternidad, de que padres y madres se arrojen e inflamen en ese enamoramiento, los adultos en derredor salen con frases dichas sin pasar por la crítica profunda, las frases que replican el sistema tradicional de opresión/exclusión, casi un “no lo ames tanto”…
La lengua hegemónica lo hace desde el ser blanco-masculino-judeocristiano-adulto-heterosexual; es excluyente y avara: todo para mí, lxs demás nada (y esta última “x” parece iluminar desde ahí).

 

Soy mi reina

“Aquí en el sofá de mi casa fue languideciendo mi madre. Sus manos frías entre las mías, sus ojos apagados y vivaces por momentos… Parecía cualquier enferma que moría, como todos. La cuestión es que es mi madre y ahora mis cumpleaños además de mi existencia, me traen la suya”

 

Hace casi 43 años (cuestión de unas horas), esperaba yo en las entrañas de mi madre, me sacaron de ella como se sigue haciendo todos los días a todas horas, como si la vida no mereciera sino un procedimiento… Por razones morales mi madre ocultó (y quizá después por las mismas razones lo olvidó) mi fecha de nacimiento. Me gusta pensar que me eligió el 6 de enero porque es memorable, y porque no quiso dejarme al destino, sino darme uno al cobijo de este día donde se regala, donde se ofrenda. Que soy una reina, que me he ido dando a mí misma todos esos obsequios, que también he recibido… Y aunque crean algunxs que los que mueren, sólo mueren y ya, acá en mis huesos y en mis entrañas anda doña Leo, y más allá, en las correrías de Tristán. Hace casi 43 años que nos hicimos madre e hija.
Cierro los ojos y la escucho felicitándome, y repitiendo “Ya no ande diciendo su edad, no ve que me perjudica”…

La oportunidad por los cabellos o de la élite obligada a escuchar a Bob Dylan

patti-smith
What’ll you do now, my blue eyed son?
What’ll you do now, my darling young one?
He visto una y otra vez el video de la interpretación de A Hard Rain’s-A Gonna Fall de Patti Smith en la entrega del premio Nobel a Bob Dylan. Abrumadora, sobrecogedora diría… Ha circulado profusamente en redes sociales, sobre todo por el episodio de olvido en que ocurre la afamada cantante. Del video lo que más me impresiona es la audiencia (ver en esta versión las referencias a minutos que hago en esta entrada), sin duda, hubiera querido más de esos rostros petrificados (sobre todo en el caso de los hombres que aparecen capturados por las cámaras), esos rostros de mujeres luchando por que no se corra el maquillaje, y la mayoría (salvo un señor que libremente decide grabar con su teléfono la ocasión y su cara es de estoy grabando esto, y una mujer embebida en su celular), la mayoría pasa del asombro por el timbre de voz de Smith, asombro por las metáforas implacables, en cascada y oscuras de la canción, a la incomodidad (min. 1:54, la mujer aretes verdes, cola de caballo con listón negro).
Los tomaron por sorpresa, me digo, los emboscaron. It’s a hard, it’s a hard, it’s a hard, it’s a hard, it’s a hard rain’s gonna fall . Estas ceremonias son  instantes rituales en que las coronas, diademas, medallas de honor de la Europa aún aristócrata se mezclan (descienden) no sólo con personalidades de Estado, sino también con los sectores influyentes o notables en las ciencias y artes, y, en este caso con el arte de Dylan. Esas oportunidades de ser elocuente no se dan, se crean. Nuestros intelectuales (me refiero a los mexicanos), cuando han tenido palestras internacionales no salen de los lugares comunes, ni de la corrección política, ni siquiera el gesto de Fernando del Paso al recibir el Cervantes, pues la mención y calificación de la Ley Atenco se pierde y olvida en el anecdotario nostálgico del escritor que pasa rápidamente a decirnos que lee y piensa, ríe y llora en castellano (en castellano, claro porque es el premio Cervantes, y bueno, hay que darle a la hispanofilia complaciente, no vaya a ser…), ese gesto del mexicano en tierras ibéricas, fue una ocasión perdida para la elocuencia, y ganada para la lengua imperial.
Y cuando digo que la oportunidad se crea, me refiero a que es el orador quien premeditadamente toma a su audiencia por los cabellos para hacerse escuchar más allá de lo que la ceremonia o el instante ofrecen, como lo deja muy claramente establecido Shakespeare cuando su personaje Marco Antonio realiza un discurso panegírico ante el asesinato de Julio César a manos de Bruto; esta escena, conocida por la audiencia del dramaturgo, se transfigura gracias a que en lugar de hablar de Julio César como demanda la circunstancia, Marco Antonio aprovecha para hablar y calificar las acciones de Bruto con profunda e implacable ironía, repitiendo: “Pero Bruto, Bruto es un hombre honrado”, y esa repetición se llena de sentido, se abre en una informe pero aplastante acusación. It’s a hard, it’s a hard, it’s a hard, it’s a hard, it’s a hard rain’s gonna fall (min. 5:09 la mujer de rojo que no resiste).
La audiencia que escuchó a Patti Smith en la ceremonia de entrega del Premio Nobel estuvo atrapada por largos 8 minutos en una situación difícil de comparar. Fueron interpelados por un discurso universal sobre la miseria humana, sobre la crueldad, sobre el hambre y la muerte, en síntesis sobre la injusticia; escucharon sin el protocolo debido la voz de los que nunca tienen voz, y que en Europa y en el mundo que esa Europa actual neoliberal inverencunda domina, se llama “crisis humanitaria”, “crisis migratoria”, “despojo”, “venta de armas”, “desplazados”, etc. Minuto 5:27 ni la realeza puede contenerse. Las metáforas dan voz a las ofensas pasadas y a las presentes, a la memoria, niegan la existencia del olvido.
Petrificados, califiqué a los rostros de la mayoría de varones que aparecen en el video, sí, como si fuera Medusa quien los mirara directamente, como si el negro que aparece en la canción de Dylan repetidamente fuera la oscuridad misma no ya sólo de la condición humana, sino de ellos, de los allí presentes. Obligados por sus reglas a permanecer inmutables, a callar, sin derecho de réplica, obligados a escuchar reclamos, a ser interpelados aunque no acusados, esa fue la oportunidad creada. 8 minutos sin respiro, sin concesiones, ni etiqueta (minuto 6:51 el hombre que pasa saliva); sin el consuelo que muchos tuvimos de romper a llorar. ¿Se imaginan?

No niños, no, no niños

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He leído ya varios quesque artículos sobre la niñofobia, sobre los adultos que ponen cara cuando hay niños en un restaurante y piden estar lejos de ellos, o qué tal las bodas cuyas invitaciones le dicen a una “ven tú, pero la personita con quién vives que no bebe alcohol y solo quiere pastel” no. Desde que soy madre vivo este aspecto de nuestra sociedad hiperadultizada (préstamo y transformación de una frase de Mafalda) como una discriminación normalizada, y la neta es que el mundo adulto es de hueva en general: que nada que no esté programado pase, que todo sea como en el folleto. He leído también estás verdaderas torturas a que son sometidos los adultos esos en vuelos de aviones donde un bebé no deja de llorar, la persona más débil del panorama es convertida en victimario del pobre e indefenso adultito egocéntrico, en estas reseñas o comentarios acerca de crías llorando, pasando por un berrinche, nadie suele ponerse del lado de la persona más débil: el infante.

Nada en nuestro mundo adultito está hecho para las crías humanas, todo es un pegote, desde las periqueras (que están pensadas para controlar la movilidad y restringirla, no vayan a incomodar a los adultitos cercanos). Nada en este mundo en que vivimos le tiende la mano a los niños: ellos pacientemente mean en porcelanas más grandes, se asustan cuando creen que caerán en el agua del inodoro y cuando caen pues lloran…, las mesas de los restaurantes son muy altas, las sillas muy bajas y muy largas para sus piernas, los escalones del transporte público muy altos para subir y para bajar, todo les dice que no pertenecen a esta realidad, que son alienígenas y ellos (crías de la especie) prosperan dentro de esos ambientes hostiles, prosperan a pesar de los adultos, y se enfrentan a ese mundo a diario y a todas horas.

Ya existen los sitios child friendly (aunque no se llamen así), esos hoteles, restaurantes, lugares de esparcimiento que “aceptan” niños, que los toleran. Sin embargo, a diferencia de lo pet friendly, con lo que los súper adultos no pueden lidiar es con las crías de su propia especie. No estoy diciendo que esos adultos deban encargarse de la crianza de los hijos ajenos (aunque estaría padre que alguna vez lleguemos a eso); lo que digo es que no hay compasión, que el adulto egocéntrico parece asumir que él y sólo él con toda su adultez debe pasearse libremente, ir al cine, comer en restaurantes, andar por la calle (porque andar por la calle con un niño o un anciano de la mano saca de quicio a esos adultos tan importantes que siempre llevan más prisa que los niños y los ancianos y las personas con alguna discapacidad, porque sus mundos son más importantes).

Los infantes son los seres más vulnerables de nuestra sociedad, y es normal golpearlos, insultarlos, humillarlos, burlarse de ellos, y decir “No, sin niños”. Por otra parte, es claro que esos adultos tan centrados en sus necesidades son verdaderamente frágiles, resulta que no hay en ellos fuerza ni psíquica ni espiritual para lidiar con el llanto de un bebé durante un vuelo, ni en una sala de espera, ni con la escena de un berrinche que suele durar 5 o 10 minutos, pueden tolerar la fila inmensa del puto Starbucks y escuchar una y otra vez decir : alto doble machiatto con leche de almendras light, caramelo y chispas; pueden con el tránsito porque como dice el Guasón “está dentro de lo planeado”, pero ninguna compasión para el más vulnerable de todos, tanto que su vida depende de los otros, de sus padres o de los adultos cercanos. A veces pienso que toda esta intolerancia e indiferencia es la otra cara de la moneda, el precio que pagamos socialmente por nuestro narcisismo y comodidad irredenta, y es que aún no veo el caso en que un adulto de esos incómodos por los críos sea compasivo y gentil y se ofrezca a ayudar, ¡no!, ¡es el crío el que debe compadecerse del adultito! El único ofrecimiento es si tu hijo hace berrinche, yo haré el mío; ¡y los hacen!, desde la cara de guácala, hasta mirar hacia arriba como si merecieran la canonización católica por el martirio que toleran, pero compasión neee, seguramente a ellos tampoco se la tuvieron de pequeños.

PD. La niñofobia ha encontrado un apoyo por demás contradictorio y triste en un blando feminismo, ahí donde esa feministas extincionistas mandatan a no tener hijos (sí, mandatan), parece que implícitamente se autoriza a despreciar a los infantes que ya están aquí y a sus madres y a sus elecciones. ¿Dónde quedó la sororidad?

#MiFamiliaNatural

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Afirmar que sólo hay una forma, que sólo hay una verdad, es la definición de cualquier fundamentalismo. Y el fundamentalismo implica, por lo tanto, la superioridad de unos sobre otros. Esto resulta primordial para el orden mundial en que vivimos (orden del capitalismo corporativista; del heteropatriarcado; de los blancos-varones-adultos-judeocristianos sobre los demás…). Que haya unos cuantos imponiendo su verdad a los demás se justifica en la creencia de que ellos son superiores.
Aceptar que hay sujetos, comunidades, grupos étnicos, géneros, superiores a los demás es una pensamiento alienante, y los alienados de esas creencias basan su superioridad en imponer su forma de vida de manera violenta sobre todos aquellos que consideran inferiores. La violencia es un componente primordial en los fundamentalismos, no hay que olvidar esto, no se requieren sólo armas para ser violento, las costumbres, las prácticas, los discursos pueden ser violentos en este sentido (te irás al Infierno, eres malx, etc). Si aceptamos que hay sujetos inferiores entonces la violencia se justifica, ésta fue y ha sido la base del pensamiento colonialista, funciona para los Estados Unidos, funcionó para el imperio español, funcionó para el imperio de todos los imperios, el romano. A estas ideas sabidas, Eduardo Subirats añade una precisión: la madre de todos los imperios, del romano, es la Iglesia Católica. A mí siempre me ha llamado la atención que en esa institución se reprueba más que se ama, se amenaza, se insiste en que “los demás” están equivocados, en que sufrirán, en que ellos, los creyentes son superiores. Ese impulso aplasta aquello de amar al prójimo como a uno mismo, el impulso de superioridad está en todas las instituciones hijas de ese pensamiento (las iglesias protestantes, pues) y que azuzan a sus seguidores contra “los demás”. Y los demás somos todos. Porque ¿cómo olvidar que por siglos las inferiores fueron (siguen siendo aunque lo nieguen, basta ver que la Iglesia Católica Apostólica y Romana concentra su poder en hombres, varones, sujetos con pene y no con vulva) las mujeres?, y a esas inferiores se les persiguió y se les mató porque se aceptaba que eran inferiores; y esa misma Iglesia piadosa (con ese mismo dios) decidió que los pobladores originarios de América y de África antes, y de Asia, eran inferiores porque no formaban parte de su fundamentalismo, y africanos, asiáticos y pueblos americanos fueron perseguidos, secuestrados, esclavizados, explotados y asesinados.
La presencia de ese fundamentalismo recorre las calles de México, ahora ha decidido que los inferiores  son los homosexuales y las mujeres libertarias (aún) y las personas trans… Ese fundamentalismo se reduce a “obligar a otro a vivir su vida según las creencias del que se cree superior”, y eso es lo que anda por las calles con máscara de familia natural, y con la aprobación y la instigación de la Iglesia católica mexicana, una iglesia cavernaria.
Subirats insiste en que el discurso y la práctica colonialista tienen componentes racistas y machistas, son pues dos de sus frentes; el mismo Subirats también contempla con azoro que nuestras izquierdas, que nuestros movimientos de pensamiento crítico siempre evaden desenmascarar el papel esencial de la Iglesia Católica como madre de los racismos y machismos que asesinan en nuestras naciones de múltiples maneras. ¿Curioso no?, a mí personalmente no deja de sorprenderme que la gente a mi alrededor siga bautizando a sus hijxs en esa Iglesia, que siga profesando esa fe, que siga casándose en esa institución… Quizá la explicación a por qué seguimos siendo racistas y profundamente machistas como sociedad en su conjunto (y muy probablemente seguiremos, y habrá que agregar el clasismo que es otra arista de nuestra sociedad que se ve como prestigio social), y, por lo tanto, por qué seguimos viendo como normal la discriminación, la misoginia, el blanqueamiento y la intolerancia, sea porque, como dijo Juan Pablo II, “México, siempre fiel”. Tan fiel que la reciente visita del papa en febrero fue más importante que la epidemia de influenza que nos golpeó de nuevo (no se dio la alerta epidemiológica sino hasta que se fue el señor ese); la ciudad fue un caos de tránsito pero ningún medio calificó de imbéciles los operativos en nuestra megalópolis, y es que ser anticlerical atrae miradas torvas; pues México, siempre fiel.
Uno tras otro los miembros de esa Iglesia demuestran su superioridad, abusan sexualmente de infantes sin que el ESTADO MEXICANO los responsabilice; el estatus financiero de esa institución y de sus miembros no puede ser cuestionado tampoco; queda claro, esa jerarquía PUEDE LO QUE QUIERE, Y QUIERE LO QUE PUEDE en este país. Se trata de dominio, se trata de defender la superioridad que los hace impunes; pues los únicos miembros de esa Iglesia cuando claman justicia o amor al prójimo son amenazados (Solalinde) por la propia jerarquía eclesiástica, o acusados de herejes como Miguel Hidalgo y Morelos, que recordemos fueron perseguidos y ejecutados. No les importa la vida, les importa que esa vida sea como ellos han decicido que sea, en una palabra: les importa el poder sobre la vida.

No seas puto

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The Mask You Live In, de The Representation Project

En mi infancia, la de mis hermanos y en los días que corren el miedo es parte de la crianza, la violencia era y es común, verbal y física… Mis padres infundían en nosotros un miedo muy semejante al que ellos mismos habían padecido, de hecho insistían en que no eran violentos, que violencia era la que ellos habían vivido…Con todo, a mí se me permitía ser débil, era niña, podía llorar, ser suave… Mis hermanos, en cambio, corrieron con la suerte de todos los niños de entonces (y ahora), si manifestaban cualquier emoción diferente al enojo eran comparados con las niñas: llorar como niña, correr como niña, jugar como niña equivale a no ser hombre, a una pérdida.

La última vez que recuerdo haber visto llorar a uno de mis hermanos fue semanas después de que murió nuestra madre hace casi dos años, apenas unas lágrimas que lo asaltaron y se le atragantaron porque les impidió libremente correr; cuando mis hermanos eran niños, niños de primaria, su dignidad infantil, su ternura, su ser cariñoso fueron extirpados a través de la violencia y el terror.  Recuerdo que uno de ellos era agredido constantemente en la primaria con esas violencias naturalizadas en el género masculino: empujarse, burlarse en todo momento de la diferencia, golpearse sin aviso (lo que los pone en una situación de alerta constante), y el miedo a ser el chivo expiatorio, a ser excluido del grupo de niños porque entonces irremediablemente serás a niña… Yo defendía a mi hermano, golpeaba a los agresores, los empujaba, escupía, insultaba, nunca entendí por qué eso era inadecuado: que mi amor se expresara defendiéndolo. Mi hermano tenía una risa contagiosa, su barriga subía y bajaba en esos ataques de bobería infantil que permiten disfrutar de lo pequeño y asombroso. Ahora ríe apenas, como debe reírse un hombre.

La masculinidad así enseñada son una serie de condiciones —como lo es la feminidad—, cambiar tales condiciones es parte de la misma transformación que el feminismo ha emprendido: si la masculinidad deja de ser sinónimo de agresión física, y de superioridad ante las mujeres ¿qué tipo de hombres serán esos?, ¿qué papel nos toca a cada quien para que esto suceda? En principio hemos de volver sobre el lenguaje, sobre las palabras que se usan para nombrar lo masculino… En el documental The Mask You Live In (2015) el centro de la reflexión es la frase “Be a man” (“Sé hombre”, recuerden a Marlon Brando en El Padrino abofeteando a su sobrino porque éste se atreve a romper en llanto). El documental no es un descargo de la masculinidad, no se trata de decir “los hombres también sufrimos”, sino de seguir el rastro hacia la violentización de los niños y cómo eso se funda en la deshumanización de lo femenino… Ser hombre es no ser mujer, porque ser mujer es ser menos…

“NO seas puto” es una de las frases que educan la masculinidad en México, con variantes (no seas maricón, no seas joto, no seas niña o nenita) aparece en todos los hogares. ¿Cómo lidiamos las mujeres que criamos varones con sus emociones?, ¿cómo enseñan a ser hombres los hombres que son padres, tíos, abuelos?, ¿qué frases, qué expectativas imponemos con nuestras palabras, con nuestra desaprobación? Y es que escucho decir a muchas madres que quieren que sus hijos aprendan karate para defenderse (como si su hijo nunca pudiera ser un agresor), no quieren que aprenda baile, o cocina, que haga yoga o meditación, o teatro, que teja, costure (el mismísimo Mauricio Garcés hizo una comedia sobre ser Modisto de señoras, porque ser modisto es de risa, es afeminado invariablemente) se trata de identificar el cuerpo masculino con la violencia, no con la afabilidad, la tranquilidad. ¿Por qué molesta tanto que un niño sea apegado a su mamá?, ¿por qué se les niega ser amorosos, besar, abrazar a sus madres, hermanos, amigos?, ¿qué sucedería si los padres, tíos, abuelos enseñaran a cuidar, a que ser gentil es tan importante como ser fuerte? El primer obstáculo salta a la vista: esos padres, tíos, abuelos tendrían que ser gentiles, cariñosos, emocionales… Ahí está la trinchera a la que pueden sumarse, hombres, ahí, en mirar su ser hombre, no en decirnos cómo ser feministas…

Si no supliéramos el amplio espectro de emociones por una sola en los niños, si pudiera externar lo que sienten sin temor, si cuidar y cuidarse fuera parte de ser hombre, quizá dejarían de sentirse tan frágiles, dejarían de crecer con miedo.

(Y sí, te he extrañado todos estos años, hermano).